| EDITORIAL
Francisco Reyes Palma
Legitimidad institucional y comunidades culturales
En
la última elección presidencial, la mezcla de ingenuidad
y hartazgo de millones de ciudadanos mexicanos apostó por un
vuelco en las estructuras del poder, lo que dio el triunfo al sector
político considerado, históricamente, más conservador:
el panista. Desde la etapa posrevolucionaria no ocurría un ajuste
de fuerzas de esta magnitud; sin embargo, en la administración
de cultura, para sólo referirnos a este caso, apenas provocó
el reacomodo de los mandos superiores, aquellos reclutados durante la
administración anterior, con el aporte novedoso de incorporar
en algunos cargos a figuras carentes de los atributos requeridos para
ejercitar su tarea. Pese a la consecuente extrañeza pública,
esta pauta parece caracterizar cada vez más a la administración
cultural foxista.
El 8 de agosto, una mesa de debate sobre Festivales y la promoción
del arte electrónico, realizada en el Centro Multimedia (CNA),
reunió a un sector representativo de artistas electrónicos
y del video, al igual que de críticos atraídos por el
tema en boga de las curadurías y las nuevas mediáticas,
pero también congregados por el malestar que ocasionó
la renuncia, en un solo año, de tres equipos organizadores del
segundo Festival Internacional de Video y Artes Electrónicas,
Vidarte 2002.
Algunos de los asistentes estaban al tanto de las declaraciones de Príamo
Lozada, ex curador de Vidarte 2002, aparecida en prensa esa mañana,
motivada por el uso indebido de su nombre y el del director artístico,
Ricardo Nicolayevsky, en la invitación oficial, luego de que
se desligaran por completo del festival, a causa de las constantes interferencias
de la dirección de la Unidad de Proyectos Especiales de Conaculta
(UPX).(1) Era el tercer equipo organizador de Vidarte 2002, que optaba
por la renuncia. De hecho, a raíz de ésta, algunos curadores
foráneos, encargados de organizar importantes muestras temáticas,
cancelaron su participación, desconcertados ante el pobre perfil
profesional de quienes suplieron a los renunciantes.
No es casual que la discusión en Multimedia tuviera por eje la
ausencia de legitimidad de ciertos servidores públicos del área
cultural, ni que el comentario aludiera a Dolores Creel, directora de
la UPX, y de Vidarte, por extensión. Que la UPX esté encargada
de producir video para televisión no la convierte en el sitio
idóneo para albergar tan complejo proyecto. Lo que sí
sorprendía era la coincidencia de opiniones sobre Creel: su carencia
de tacto en el manejo institucional y su falta de concepto respecto
al video y las artes electrónicas.
La política como coartada
Cuando la prensa apenas advertía del envío de una carta
donde la referida comunidad denunciaba la situación de Vidarte
2002,(2) se puso en marcha un mecanismo de rumores, según el
cual, los enardecidos participantes del encuentro en Multimedia atentarían
contra el símbolo mayor de la alta cultura en la ciudad de México,
el Palacio de Bellas Artes. Para evitar el pretendido hecho, se montó
un operativo con elementos del cuerpo de granaderos. En ciertas fases
del movimiento estudiantil de 1968 solía trasminarse este tipo
de información sin fundamento, que el sentido común asociaba
con los manuales de contrainsurgencia de las corporaciones castrenses
y sus órganos de seguridad.
Días más tarde, Dolores Creel asumió una postura
pública de autodefensa en extremo irracional: no obstante acusar
de incapaces e irresponsables al director artístico y al curador
del Festival, les atribuía el poder de manipular a los setenta
miembros de la comunidad de artistas e intelectuales firmantes de la
carta; argumento tan poco creíble y ofensivo que ocasionó
la renuncia de la mayor parte de los jurados nacionales e internacionales,
responsables de la preselección en los géneros de video
y multimedia: Kathy High, Jorge La Ferla, Carlos A. Gutiérrez
y Gerardo Suter. Indignados, los tres primeros manifestaron por escrito
su desacuerdo ante las afirmaciones de la directora de la UPX.(3) Pronto
se sumó la retirada de una decena de artistas del concurso, mientras
que sus videos, de manera ilegal, se mantuvieron fuera de la premiación
pero dentro del programa del festival, a despecho de la ley de derechos
autorales.(4)
Entretanto la señora Creel, directora de la UPX, extendía
su campaña de descrédito por medio de los recursos de
la institución a su cargo. Por lo pronto, convirtió el
programa televisivo semanal de la UPX, con tiempos de aire oficial,
en instrumento de uso privado. Entrevistada por el periodista de Reforma,
encargado del caso Vidarte, su testimonio perdió cualquier viso
de credibilidad al asumir ella el papel protagónico, junto con
la producción ejecutiva del video. En lugar de promover el festival
con cierta dignidad, la funcionaria acabó por evidenciar su dificultad
para articular una argumentación consistente.(5) Por ética
elemental, el Canal 22 y la UPX, estarían obligados a proporcionar
a la contraparte afectada, un espacio equivalente, y se da por descontado
que, sin censura.
Y ese afán declarativo de la doble directora no cejó,
por el contrario, adquirió tintes cada vez más oscuros
y fantasiosos, pues ésta redujo la demanda de transparencia institucional
a una oscura conspiración política. Sin mesura alguna
afirmó que los firmantes de la protesta habían sido "comprados
por algunas facciones enemigas de este gobierno", para afectar
al Secretario de Gobernación, Santiago Creel, o a la Presidenta
de Conaculta, Sari Bermúdez.(6) Forma primaria de desplazar el
problema para llenar el hueco ocasionado por la falta de profesionalismo.
Pero al recurrir a la protección de los mecanismos más
sordos del poder, como el nepotismo, y otorgarse atributos dinásticos
que suponíamos en desuso, deslegitimó también a
la institución encabezada por su hermano. Incluso, el empleo
perverso del vínculo familiar, se revierte en la duda de si el
Secretario de Gobernación, por ser responsable de regular a los
medios de comunicación, puede tener a una hermana encargada de
una Unidad de Proyectos Especiales, dirigida a medios. Tan simple como
eso.
Lo cierto es que el 26 de agosto, día de la inauguración
de Vidarte, Conaculta tomó el asunto en sus manos, y en previsión
de que la protesta incidiera en el lucimiento del festival, Sari Bermúdez
solicitó a cerca de quince personas, en extremo críticas
respecto a la gestión de la UPX, no afectar el desarrollo del
evento, mientras ella disponía del tiempo necesario para madurar
una respuesta institucional a las demandas. De ahí el comentario
humorístico de alguno de los comensales, al bautizar ese encuentro
en el alcázar imperial como "La tregua de Chapultepec".
En realidad, nadie pretendía cancelar el evento donde lo más
sólido de la programación provenía del equipo dimitente.
No así la aportación de Dolores Creel, cuya carta fuerte
resultó el "homenaje" al estadounidense Bill Viola,
quien inauguró el evento con una conferencia magistral en el
gran Teatro del Palacio de Bellas Artes: tedioso discurso salpicado
de ingenuidad New Age; más sorprendente aún por la pretensión
de entregar vivencias biográficas como claves para traducir su
obra, y hacerla digerible a una audiencia que el homenajeado, quizá
bajo la guía de la UPX, supuso ágrafa en cuestiones de
arte actual, o reciente, para ser más preciso. Peor aún
resultó el ilustrar su discurso con fragmentos de video, que
formaban parte de varias instalaciones no disponibles para su exhibición
en México, pues para estas fechas se encontraban prestadas, como
mucho antes se sabía. Asimismo, debimos de conformarnos con una
"retrospectiva" de autor, donde predominaron videos monocanal
de los años setenta.
En contraste con la onerosa campaña de televisión y la
publicidad urbana (grandes promocionales, estandartes de poste y mamparas
de parabús), durante la apertura de Vidarte 2002 circuló
una pequeña calcomanía digital, transformada en emblema
de quienes se oponían al exceso institucional. Por razones de
transparencia, debería darse a conocer cuánto se invirtió
en difusión, pues no existe antecedente de tal saturación
de reclamos, ni siquiera en los magnos homenajes a los artistas nacionales.
Rememorar las toallas del Foxgate, es una minucia frente a la escala
urbana de este dispendio.
Algunos invitados a la comilona inaugural pudieron sentirse a sus anchas
en el Palacio Postal, habilitado por algún decorador de interiores
para imprimirle su sello estilístico. El toque de exclusividad
lo aportaban los "cadeneros de antro", cuerpo de vigilancia
encargada de recabar los datos del visitante, antes de indicarle el
acceso único por elevador. No obstante las colas de espera, las
escaleras de acceso hasta el cuarto piso se mantuvieron clausuradas.
Si travestir al Palacio Postal porfiriano en un cyber lounge colosal
fue la solución adecuada para dar sede al festival, es asunto
que sale de discusión, no obstante, cabe detenernos en el clima
de agresión generado en el acto de clausura, asociado a la premiación
de los concursantes.
Cerrados los accesos en determinado momento, una multitud airada debió
esperar en la calle lluviosa; mezcla de invitados oficiales, o de familiares
y amigos de los concursantes, y la mayoría de jóvenes
atraídos por el rave, con dj's importados de Ámsterdam
según anunciaba el programa de mano. El problema es que aquellos
que lograron el ingreso, permanecieron aprisionados durante varias horas
dentro del recinto.(7) El uso exagerado de publicidad debió acompañarse
de la logística correspondiente a un espectáculo de masas.
Más allá de lo anecdótico de éstos y muchos
otros desaguisados que quedan sin comentar, lo sustancial de Vidarte
fue la intensa experiencia de comunidad emanada de la reunión
del 8 de agosto en las instalaciones de Multimedia, donde un grupo de
profesionales se manifestó sin cortapisas. Disposición
de ánimo que recuerda el sentido grupal despertado por los coloquios
latinoamericanos de fotografía, a fines de los años setenta,
los cuales, a la larga, afianzaron esa disciplina en el entorno cultural
mexicano, al grado que ya asumimos Fotoseptiembre como un hecho natural.
La diferencia es que el gremio vinculado al arte emergente de hoy, manifiesta
el desencuentro con la institucionalidad cultural, y un consenso fundado
en el rechazo. En todo caso, si algún aporte habría que
reconocer a Dolores Creel, sería su potencial aglutinador de
un sector, sin duda, representativo de lo mejor de esta comunidad artística
tan heterogénea.
Del debate colectivo también se han desprendido propuestas, como
la de evitar que Vidarte opere de manera coyuntural, que se eche mano
de ese festival cuando la administración pública requiere
de espectáculos novedosos. Por ende, debería formar parte
medular de la prospectiva cultural de cualquier administración
en turno, la cual estará obligada a considerar a esa instancia
dentro de la estrategia formativa y de consolidación de creadores,
como parte del desarrollo del llamado arte emergente. En su calidad
de proyecto articulador y transinstitucional, los tiempos preestablecidos
resultan insuficientes si consideramos la posibilidad de un mejor seguimiento
por parte de los públicos, sean especializados o no.
Con una programación tan vasta, Vidarte tendría mayor
efecto si dispusiera de sedes de exhibición en distintos puntos
estratégicos de la ciudad de México, y contara con unidades
multiplicadoras en los estados, al menos aquellos con mayor vinculación
a la producción artística asociada con las nuevas mediáticas.
Asimismo, aquella reunión primera insistió en la necesidad
de disponer de una estructura organizativa independiente, como condición
esencial para este tipo de festivales, así como hacerlos depender
de profesionales con trayectorias reconocidas dentro y fuera del país,
lejos de la veleidad de funcionarios inexpertos o del control de grupo
alguno.
La institución del silencio
Es un hecho que en el aparato de cultura suelen convivir cuadros profesionales,
con capacidad probada, junto con elementos inconsistentes y sumisos.
Pero a estas alturas del "gobierno del cambio", también
es cierto que los funcionarios siguen sometidos a la regla de oro de
un sistema añejo: el silencio. Práctica sustentada en
modelos autoritarios que suponíamos amenazados de extinción,
la cual hace del empleado de "confianza", un rehén
de conciencia: especie de vasallo enmudecido por la exigencia de una
mezcla de lealtad y servilismo. Quienes quebrantan esta regla, sufren
el despido fulminante, disfrazado de renuncia, y muchas veces el ostracismo.
El caso de Dolores Creel resulta atípico, pues aunque se le recomendó
mantenerse callada, eligió el camino de la discusión pública
de sus posturas. Si diferimos de Creel en el manejo discrecional de
los recursos comunicacionales de carácter público, y el
empleo del infundio como argumento, formas que escapan a la legalidad
cultural; en cambio, sostenemos a ultranza su derecho a opinar de manera
pública, como lo haríamos con cualquier servidor público.
La implantación de un modelo del silencio quizá tranquilice
a los cuerpos de mando más mediocres e inseguros, pero es claro
que impide el debate cultural, sólo posible entre sujetos autónomos
en el ejercicio de la inteligencia y la acción crítica,
y al margen de que ocupen o no cargo alguno.
Los recursos de la soberbia
Mientras Dolores Creel se mantiene inamovible, quienes tienen a su cargo
la administración cultural prescinden de profesionales probados,
aquellos que implantan los proyectos que dan coherencia a la práctica
institucional. Los casos de Osvaldo Sánchez, director del Museo
Tamayo, y de Patricia Sloan, directora del Carrillo Gil, son más
que elocuentes. Esa ausencia suele llenarse, a veces, con otros profesionales
destacados; no obstante, la pregunta es cuánto tardará
el sistema en someterlos al mismo tratamiento, en ahuyentar a muchos
con la exhibición de un trato humillante, y en agotar las posibilidades
de reemplazo.
Estos desplantes autoritarios prescinden, por supuesto, de dar explicaciones
o considerar el punto de vista de la comunidad cultural. Su único
fundamento es la soberbia. Las renuncias acumuladas en la última
emisión de Vidarte podrían inscribirse en la misma tónica
que las auspiciadas por Conaculta o el INBA. Sabrán los usufructuarios
de este modelo de cese-renuncia caprichoso lo que se piensa de ellos:
que la parte desechable, si se respetara la opinión pública,
tendría que ser la suya, y no lamentaríamos la pérdida.
A nuestras autoridades les ha faltado empuje para recurrir a agencias
de participación y mediación democrática en el
campo cultural. Mayor ha sido la atracción hacia la iniciativa
privada, en detrimento de la gestión civil. Así como existen
instancias que contribuyen con apoyos económicos, como los patronatos
o las sociedades de amigos de los museos, deberían considerarse
los aportes de conocimiento y experiencia, por lo menos igual de imprescindibles.
Del debate en torno a Vidarte se desprendió una propuesta compartida:
propiciar la intervención honoraria de cuerpos colegiados, nacidos
de la consulta amplia entre el sector artístico y académico,
para dar consistencia y regularidad a esta modalidad de eventos. Estructuras
de opinión que podrían hacerse extensivas al accionar
cultural en todas sus manifestaciones trascendentes, y que participarían
en la elección razonada y democrática de la dirigencia
cultural; y por qué no, sugerirían también los
retiros, cuando existan razones fundamentadas. Así, transitaríamos,
de un sistema de fueros, improvisaciones y botines, a un servicio cultural
de carrera, con respaldo colegiado y sanción pública.
¿Y qué con las protestas? Pareciera que éstas pueden
acallarse por inercia, hacer de su agotamiento un acto de triunfo de
la "autoridad". Mas quien apueste por esta salida se equivoca,
a la larga la administración pública sólo se sume
más en la pérdida de credibilidad y de consensos, un deterioro
costoso tanto en términos políticos como acumulativos.
Lo que se ha calificado de una conspiración de artistas e intelectuales,
o de manifestación de enconos personales, es apenas la exigencia
de un gremio por mantener la dignidad de las instituciones creadas para
impulsar su labor. Cómo pretender el desarrollo de una cultura
democrática donde se expulsa el consenso. Mantener la legitimidad
institucional depende de ello, y su construcción es un proceso
tan arduo y complejo, tan frágil, que ponerlo en riesgo resulta
un acto anticultural.
FRP
septiembre de 2002
NOTAS
1. Véase, "Renuncian por imposiciones de Dolores Creel",
en Reforma, 8 de agosto de 2002.
2. "Firman creadores una carta en protesta. Consideran acéfalo
festival Vidarte". Reforma, 9 de agosto de 2002.
3. "Asegura Creel que creadores no pueden retirarse. Adjudica renuncias
a falta de capacidad". Reforma, 17 de agosto de 2002.
4. Véanse en www.fllanos.com/vidarte.html, la página en
línea dedicada a la confrontación con la dirección
de Vidarte, las cartas de Alfredo Salomón, el primero en solicitar
la devolución de sus videos.
5. "La apertura de una puerta. El festival Vidarte 2002",
transmitido el 17 de agosto de 2002, a las 21.30 por el Canal 22 de
Conaculta. Fragmentos del mismo pueden consultarse en www.fllanos.com/vidarte.html.
6. "Crisis en la cúpula. Se celebra el festival Vidarte
2002". Proceso 1347, 25 de agosto de 2002. Véase también,
" Piden a Dolores Creel retractarse o comprobar sus aseveraciones".
Proceso 1349, 8 de septiembre de 2002.
7. "Cierra Vidarte entre rechiflas. Gritos de protesta, portazos
y botellazos escenificaron la entrega de premios". Reforma, 9 de
septiembre de 2002.
http://www.arts-history.mx/panoramas/editorial4.htm
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