Lunes 16-Sep. Actualización 14:45 Hrs.
Vidarte 2002 (primera parte)


El pasado lunes, después de un breve homenaje en el Palacio de Bellas Artes a Bill Viola, importante artista del video, se inauguró Vidarte 2002, Festival de video y artes electrónicas, en el Palacio Postal. Después de una serie de discusiones y cuestionamientos sobre la legitimidad de las decisiones tomadas por la directora general Dolores Creel, una gran cantidad de visitantes acudió al controvertido evento.

Lo cierto es que el video, como también las llamadas artes electrónicas, son muy jóvenes, no pasan de la corta edad de cincuenta años. Pero ya no se encuentran en proceso de legitimación por parte de las instituciones como medios artísticos.
Por el contrario, actualmente se otorgan becas (insuficientes como siempre) y desde hace siete años el Centro Nacional de las Artes cuenta con el prestigioso Centro Multimedia, que como muchos de los espacios para la producción artística pasa por una notable crisis económica. Habría que recordarles a las autoridades que el video y las artes electrónicas requieren de una infraestructura que se debe de actualizar constantemente y es una necesidad, no un mero capricho para estar al día.
Estos medios han tomado una notable fuerza en cuanto al número de obras que se producen y a su calidad. En nuestro país cada vez se nota más la influencia del video en los estudiantes de artes plásticas, muchos de los cuales se han formado en el taller de video de la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado La Esmeralda, con Sara Minter. Asimismo, cada vez podemos encontrarnos con nuevos sitios que exponen y promueven el video y los multimedia, la red también es un medio que los muestra y, en muchos casos, es su sitio natural. Se han creado varios festivales y foros de discusión que enriquecen las propuestas artísticas.

Paralelamente, una serie de profesionales se ha formado en el ámbito académico, teórico y curatorial. Como la otra cara de la moneda, podemos afirmar que el video no se compra ni se colecciona en México, apenas se ha publicado una revista de videos en formato VHS, cuando ya debería de circular en DVD. Su producción es cara y muchos artistas no pueden acceder fácilmente a las tecnologías que requiere. Si el coleccionismo es tan raquítico, mejor dicho, no existe, sería pertinente que el Estado comenzara a formar un acervo en este momento. Tampoco hay un centro de investigación y documentación especializado en estos medios que sería del todo pertinente, sobre todo hoy que se están gestando nuevas generaciones de artistas.

Si Vidarte 2002 se tornó en una polémica que abre la discusión en torno a cómo estructurar sus funciones y alcances, no sólo a nivel nacional sino también internacional, el diálogo de su estructura debería de establecerse a partir de una conformación más sólida en cuanto a las cabezas que lo dirigen. Me refiero concretamente al profesionalismo de Dolores Creel quien, en un programa de televisión trasmitido el sábado 17 de agosto en el Canal 22, hizo gala de su conocimiento en torno a Og Mandino al ser incapaz de construir un discurso crítico a la altura del festival que dirige. Hablaba de arte como si fuera una cuestión de sentimientos ya superada hace muchos años. También habló de la provocación del arte como bonito y feo. Ya nadie que se diga conocedor del arte contemporáneo habla de esa manera.

La inauguración se llevó a cabo más o menos según lo planeado, a decir de los organizadores. La cena fue opípara. En las mesas del Palacio Postal, que algún día sirvieron para pegar un timbre, firmar o redactar una carta, se dispusieron grandes charolas que ostentaban camarones y salmón, la bebida fue generosa y de buena calidad. La fachada del edificio se iluminó para hacer gala de la arquitectura de Adamo Boari. En la planta baja se arremolinaban los invitados y los colados y, sobre sus cabezas, a veces sin que se percataran, se proyectaban imágenes sobre las rejas del abigarrado edificio. Casi no se veía nada, a excepción de los costosos proyectores que irradiaban luces a quién sabe donde, o sobre las ventanas que, naturalmente, cortaban la imagen.

Al centro del lobby, entre sillones que aparentaban o trataban de emular un lounge se construyó una gran caja negra que en su interior proyectaba videos de quién sabe quién porque no había fichas, como tampoco en las otras salas. Si el asistente quería saber la autoría de la obra tenía que chutarse el video completo hasta que aparecían los créditos. Esto también ocurrió al día siguiente, cuando se abrieron las puertas a todo el público que ya no alcanzó camarones ni un tonic con Absolut.

Vidarte 2002, Festival de video y artes electrónicas, Palacio Postal.
Tacuba y Eje Central, Centro Histórico.


eganado@milenio.com
Edgardo Ganado Kim
sección de
Artes plásticas

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